jueves, 22 de enero de 2009
Treinta Segundos
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Puedo aguantar sin respirar cerca de treinta segundos, que es en realidad muy poco. Supongo que muchos otros podrán aguantar más, mucho más. Pero yo… yo puedo aguantar tan solo treinta segundos. ¿Qué haré con ellos? Te los ofrezco a ti, amor, porque los tengo, porque yo sé hacer lo mío con mi aire, pero puedo hacer lo tuyo aguantando la respiración, no puedo darte mi aire, pero puedo dejar que me arrastres fuera de él… y puedo quedarme junto a ti treinta segundos.
Pero sólo treinta.
Por ningún motivo dejaría de respirar eternamente, siempre que quiera puedo volver a mi aire, cada que esos treinta segundos se acaben regreso a mi burbuja y tras un tiempo, tengo otros treinta minutos. ¿Qué haremos con ellos? Los tengo en mis posibilidades y haciendo lo mío, esos treinta segundos son desperdiciados día tras día.
Fuera de tu burbuja aguantas la respiración y puedo acompañarte, puedo inflar mis cachetes y seguirte, puedo esperar contigo a que termine nuestro tiempo fuera y a veces, regresar a respirar a mi zona. Puedo ser tu apoyo cuando intentes volver a la tuya, aunque a mí me cueste regresar después, aunque a mí me aleje de la mía y los treinta segundos se acaben mientras intento llegar. Puedo hacerte volver, convencerte de que es mejor tu burbuja que este vacío desagradable, puedo acompañarte si no me escuchas, puedo seguir ahí si insistes.
Y comprendo que a veces no quieras oírme, comprendo que a veces quieras quedarte, pero comprende que yo no puedo estar siempre ahí. Porque tal vez tú puedas aguantar unos dos minutos… pero yo, yo puedo aguantar tan sólo treinta segundos.
Sólo treinta.
martes, 20 de enero de 2009
Cantando
Nuevo. Curiosamente rosa, nunca había imaginado princesas tan vividamente, pero henos aquí, todas lo somos.
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Tengo tanto tiempo sentada esperando, que a veces debo levantarme a desempolvar mis sucias zapatillas de cristal, a reconvertir a las ratas en corceles, a rizar mis cabellos ya lacios y sucios, a retocar mi maquillaje y a disimular las lágrimas.
Han pasado muchos años desde que me puse el vestido, que no recuerdo ni qué sentí cuando lo hice. ¿Estará pasado de moda? No lo sé, no puedo saberlo, nunca he ido a un baile, nunca he perdido mi zapatilla. He cantado y visto ir y venir princesas, he visto ir princesas y regresar reinas mientras he estado sentada al pie de este árbol, debajo de las hojas que caen por tercera vez, encima del mismo suelo que pisé hace tanto y tanto tiempo por primera.
Nunca pierdo la calma, he aprendido que la espera es mi mejor amiga, que la resignación es mi amada, la paciencia es mi motto. No suelo alzar los ojos para ver más allá del bosquecillo, no suelo caminar muy lejos de mi árbol. El sol me cae en las pestañas en el mismo lugar donde las abandonó. Dos días parecen uno, igual que cinco, que diez, que cien.
Y canto, canto para no aburrirme, canto para entretener a las otras princesas, canto para acompañar a los pajarillos… Aún cuando ellas regresan con las zapatillas gastadas canto… Canto duc in altum… porque es de lo único de lo que puedo jactarme, de que a veces canto y de que ninguna princesa antes le había cantado tanto… a quien no está y no parece aproximarse.
Me limpio las zapatillas, me rehago el peinado, me maquillo de nuevo, me procuro corceles y me seco las lágrimas. Todo para, una vez más, sentarme a cantar mientras imagino que esta vez… esta vez, alguien va a escucharme.
lunes, 19 de enero de 2009
Costumbre
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Me pregunto hoy, tal y como me pregunté ayer, si la capacidad de depender es tal que soportamos –y quizás hasta disfrutamos- darle lástima a la gente, alimentarnos de la compasión de otros, sufrir para ser mirados. ¿Sufrir por sufrir, sufrir por costumbre? Eso es sólo hacer un tango sin letra. Hoy, al igual que ayer y el día antes de ayer, llegué a una conclusión que no es conclusión sino simple abandono y deprimente rendición ante un razonamiento quizás muy ilógico y quizás muy mediocre para mí. La “conclusión” es siempre la misma: No me importa, que sea lo que tenga que ser, no tengo cabeza para pensar en mártires, no tengo tiempo para sufrir por cacahuates sin sabor.
Tenemos la cultura –la pésima cultura- de hacer del dolor una herramienta de chantaje, de convertir una lágrima real en un falso mar de kilómetros y kilómetros, y después de mucho tiempo, rascamos las costras de sangre para hacer salir a una gota (que era feliz tomando té con compañeras de trabajo), que más que sangre es vestigio de algo que quiso cicatrizar; Voluntariamente herir de nuevo la piel que empezó a cerrar, que tanto se tardó. Sólo para llorar a la sangre perdida y fingir que sigue corriendo. Sólo para hacer llorar al niño e infectarnos las yagas con los dedos fríos y sucios, fríos y sucios por estar entre inmundicia.
Hoy, al igual que ayer y el día antes de ayer, miro en los ojos vacíos de un ente que decidió ser ‘querido’... a costa de arrancarse las costras y desangrarse. “No me hagas despertar por favor, sé que no debo dormir... pero no quiero pararme.”
Ojos... que un día me dijeron, “Sé fuerte”. Ojos a los que no puedo decirles “Sé fuerte” porque... no me escucharán, acostumbrados a sufrir por costumbre.
